jueves, 24 de octubre de 2013

(Editorial del día 23 - 10 - 2013)

Por @Mutaboveda

“La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”, citamos con esto al escritor Eduardo Galeano en unas muy sabias palabras que nos muestran la realidad de lo que se ha convertido el fútbol desde que se vio como un deporte rentable.

Y es que el deporte “rey” como es bien conocido, en ocasiones pareciera que no lleva la corona por lo hermoso de su ejecución, sino por las ganancias que deja, y no decimos que sea malo salir al extranjero y jugar bien remunerado, pero ello debería conjugarse sin perder la esencia del juego inocente y pleno, sin dejar la osadía y perder el miedo tal como si se tratase de una caimanera en el potrero baldío que los muchachos de la barriada hicieron cancha.

Es ese miedo que no se pierde, a juicio personal, lo que amarra las piernas de jugadores talentosos, y les priva la libertad, esa libertad de gambetear, de pisar el balón, de hacer, como dicen los brasileños, el jogo bonito. El futbolista debe enamorarse y enamorar cuando tiene la pelota en sus pies.

De manera que hablar del fútbol es hablar cómo dijo Diego Maradona en su despedida, del “deporte más lindo y más sano del mundo”, por ello, los jugadores de este deporte deben hacer honor a estas palabras, en una cancha se debe dejar el alma, se debe gastar hasta la última gota de sudor, y se deben vivir esos 90 minutos y hacerlos historia.

Desde el pitazo inicial, arranca una hermosa batalla entre dos rivales que tienen algo en común, la conquista del gol. No es el entorno, ni las cámaras, ni el reclutador o el posible fichaje lo que debe decirte cómo jugar, es a la final la pasión del deporte mismo lo que te hace un gran futbolista, lo demás viene por añadidura.

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