Por @Mutaboveda
“La historia del fútbol es un triste viaje
del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido
desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”, citamos con
esto al escritor Eduardo Galeano en unas muy sabias palabras que nos muestran
la realidad de lo que se ha convertido el fútbol desde que se vio como un
deporte rentable.
Y es que el deporte “rey” como es bien
conocido, en ocasiones pareciera que no lleva la corona por lo hermoso de su
ejecución, sino por las ganancias que deja, y no decimos que sea malo salir al
extranjero y jugar bien remunerado, pero ello debería conjugarse sin perder la
esencia del juego inocente y pleno, sin dejar la osadía y perder el miedo tal
como si se tratase de una caimanera en el potrero baldío que los muchachos de
la barriada hicieron cancha.
Es ese miedo que no se pierde, a juicio
personal, lo que amarra las piernas de jugadores talentosos, y les priva la
libertad, esa libertad de gambetear, de pisar el balón, de hacer, como dicen
los brasileños, el jogo bonito. El futbolista debe enamorarse y enamorar cuando
tiene la pelota en sus pies.
De
manera que hablar del fútbol es hablar cómo dijo Diego Maradona en su
despedida, del “deporte más lindo y más sano del mundo”, por ello, los
jugadores de este deporte deben hacer honor a estas palabras, en una cancha se
debe dejar el alma, se debe gastar hasta la última gota de sudor, y se deben
vivir esos 90 minutos y hacerlos historia.
Desde
el pitazo inicial, arranca una hermosa batalla entre dos rivales que tienen
algo en común, la conquista del gol. No es el entorno, ni las cámaras, ni el
reclutador o el posible fichaje lo que debe decirte cómo jugar, es a la final
la pasión del deporte mismo lo que te hace un gran futbolista, lo demás viene
por añadidura.
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