No sabría hoy por dónde empezar a plasmar estás líneas sabiendo que hay dos temas en cuestión que están en la palestra, o como se diría en la frasecita trillada,en el ojo del huracán si hablamos del fútbol rentado local, el primero de ellos es la violencia dentro y fuera del gramado de los estadios venezolanos, y el segundo las actuaciones arbitrales.
El pasado domingo se jugó la fecha 12 del apertura 2013, un torneo que mantiene hasta ahora siete equipos en la lucha por el título a pesar de que no muestra gran contundencia en el esquema de alguno de ellos, me atrevería a decir incluso que la pelea es hacia abajo, es decir, todos están esperando que alguno se resbale y ninguno espera asediar la punta a manera de conquista.
Pero para no desviarme de la idea principal, es menester aclarar que de igual forma no es una excusa para cualquier equipo, que un árbitro tome malas decisiones recostado en su ineptitud, porque cuando hay contundencia, no hay mala decisión que valga.
De manera qué, para no mencionar a los que dirigieron otros encuentros como el que tuvieron el Danz vs Estudiantes de Mérida, Marcos Suárez sería posterior a la jornada, el árbitro que más mandó a su señora madre a bailar, al pitar un penal claramente inexistente a favor del Caracas FC cuando rodaba el minuto 93 en el estadio Metropolitano de Barquisimeto, en el encuentro contra el Deportivo Lara.
No solo la mamá de este árbitro pagó las consecuencia de los hinchas sedientos de venganza ante semejante torpeza, o soborno, sea cual fuere el caso, sino que policías, gente del común que fue al estadio, medios de comunicación, directivas y hasta las instalaciones del propio estadio sufrieron los embates de un pueblo enardecido.
De más está decir que la violencia no remedia nada, el destrozar una ciudad entera no iba a cambiar el resultado del partido, y es deplorable este tipo de conductas,pero la impotencia de una sentencia injusta hace que las masas reaccionen furibunda y ciegamente contra lo que se les aparece.
Este, lamentablemente es el capítulo de nunca acabar en nuestro fútbol y lo que a su vez, como un lastre que arrastra la quilla hacia el fondo del océano, no permite ni permitirá nunca que nuestra pelota salga a flote.
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